El desayuno es la comida más importante del día.
De todas las cosas que tengo que hacer cada día, cosas que tengo muy claras como hacer, cosas que he hecho un montón de veces los ultimos cuatro años, solo alcanzo a prepararme el desayuno con cierto orden.
Cojo tres naranjas, las exprimo, me bebo todo el zumo de un trago, pongo la medida justa de agua embotellada a calentar, vacío el filtro de las hojas de té verde del día anterior y pongo una cucharadita de hojas secas, saco un biscote de pan de la alacena y le pongo una loncha de pavo encima (a veces queso), vierto el agua a punto de hervir en la tetera (es mejor así para que el agua no pierda su oxígeno y el té resulte más aromático), la tapo, pongo el mantelito en la mesa, traslado todos los bártulos y DESAYUNO. Sola. Así me gusta más, o quizás solo me he acostumbrado.
Me tomo mi tiempo. Hasta que no termino no me siento obligada a pensar en nada más, así que lo alargo.
Cuando dejo los platos sucios en el fregadero la cosa cambia.
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